Miguel Vilcarima: “Tengo mucho ilusión con mis compromisos en las coronas”
septiembre 10, 2024
Por: Abrahan Carvajal - mayo 16, 2022
A los 64 años, Eduardo Pianezzi mantiene en alto un apellido que siempre estuvo ligado al arte de entrenar purasangres de carreras. Un reconocimiento que alcanzó la cúspide en la figura de su padre, del mismo nombre, quien guió de la mejor manera la campaña de un cuádruple coronado, Stash, en el 92″.
En esta montaña rusa que es la hípica, ‘Lalo‘, como se le conoce entre corrales, sigue vigente y demostrando que sus conocimientos se reflejan en la mejoría de los caballos que recibe. Pianezzi acaba de finalizar una semana productiva de cuatro triunfos; sin embargo, el de mayor mérito fue el alcanzado con Milos (Yazamaan) sobre el césped.
«No fue el mismo desde su participación en Chile en el Latino. Entiendo que el caballo finalizó lesionado y lo operaron allá. Lo recibí y probamos con las anteojeras, mejoró en los ejercicios, pero en carrera no respondió. Se la quitamos y, este sábado estuvo bien, tiene siete años, pero fue emocionante verlo ganar«, señaló, quien también se retrató con Malek, Zarya y Chamorro.
Pianezzi alguna vez llegó a tener 140 caballos a su cargo, era la época que tenía ejemplares de studs poderosos; no obstante, en este espiral, los cambios son frecuentes y sale a relucir el verdadero temple de los profesionales.
«En plena pandemia, quedamos mal ubicados. Con caballos de la familia, como Schaker, Chamorro, Cortesana, son los que se les toma cariño por ser tan nobles», menciona sobre es etapa complicada en las que debió varear, apoyar al máximo con solo ocho caballos para mostrarse en Monterrico. «El apoyo de la familia es lo más valioso, el de mi esposa Cinthya, para balancear las cargas«, recuerda.
Una cuna en Monterrico
Su niñez transcurrió en los corrales. Creció admirando la fuerza corredora de caballos de antaño como El Sombrero y Betin. «Sabía que mi oficio sería convertirme en preparador. Nunca hubo oposición en casa, porque mi abuelo Juan también lo fue, era argentino y vino a Lima contratado, un camino que siguió mi padre, mi hermano ‘Peluca’, estaba destinado a ser parte de esto», cuenta quien debutó ganando tanto en Ecuador como en Lima.
«Siendo muy joven, ya a los 21 estaba preparando. Antes fui vareador de mi papá. En esa tarea, llevamos a un caballo a Ecuador, a Santa Cecilia. Me fui en el camión con el caballo, era Élysées con el que ganamos un clásico. Luego fuimos con otro caballo, propiedad de un primo y de mi padre, ellos me encomendaron que lo entrenara. Era yo quien lo galopaba y así corrimos y ganamos. Hubo oferta de compra y mi padre puso como condición que yo me quedara a entrenarlo y que me dieran la patente y así ocurrió», cuenta.
Era finales de los 70′, así inició la primera etapa en Ecuador para Pianezzi, una experiencia que se extendió en Costa Azul, un hipódromo a orillas de la playa que funcionó con el cierre de Santa Cecilia y en la espera de la construcción de Buijo, el prometido recinto hípico. «El propietario que compró al caballo tenía un número interesante de otros ejemplares, así que estuvimos en Costa Azul con buenos resultados hasta el 81».
Pero, el objetivo de ‘Lalo’ era ejercer su oficio en Monterrico, por lo que regresó a Lima con la idea de obtener la patente. «Era un tema muy difícil, por aquellos tiempos. Estuve al lado de mi padre, hasta que nuevamente me llaman para Ecuador, era para recibir los caballos de la Familia Febres Cordero, Leon Febres Cordero como presidente del país, del 84′ al 88″, lapso que estuve allá», precisa.
Fue un ciclo de provecho, más de 200 victorias, todos los clásicos del calendario y ese curtir que necesitaba para mostrar sus capacidades.«Me trató muy bien la hípica ecuatoriana. Cultivé buenas amistades, como los Jairala y así cumplí con la frente en alto para volver a Monterrico, ahora sí con la oportunidad de preparar».
El comienzo fue con una caballada reducida, de propietarios ‘chicos’ y en medio de verdaderas luminarias del entrenamiento. «Me inicié en el mismo año que Alfonso Arias. Era difícil ganar por aquel entonces, me defendí con caballos buenos como Donizetti y otros», recuerda Pianezzi hasta que llegó el despegue, valiéndose del nexo con propierarios ecuatorianos.
Llegaron caballos de calidad como Hija rubia, Cerro Blanco, Rocketazo, Mar Negro, Comprometido en el América, Invencible Dad, en el Jockey Club del Perú para el Chuncho Bravo. «Hubo apoyo de los Jairala, de Agustín Febres Cordero, un señor que invierte mucho al que conozco del al menos 40 años. Y así otros con los que pude lograr algunos resultados», refiere, aunque reconoce que aún está en deuda profesional el éxito en coronas.
«Halo Bull fue un proyecto inconcluso. Un norteamericano muy bueno, que fue placé en el Ortiz de Zevallos, se fisuró la caña y no pudo correr el Derby. Era un caballo de 620 kilos que mereció mejor campaña, pero la salud a veces juega en contra», señala.
Ahora el presente lo coloca en un nuevo ciclo de expansión, de crecimiento. Eduardo Lalo Pianezzi cuenta con 34 caballos, entre estos un grupo de productos. «Allí tenemos al hermano de Selina Kyle, un tordillo que dará examen esta semana. Al hijo de Hija Rubia que pinta bien y a El Teniente, un zaino que venía haciéndolo en buena forma, pero lo curaron de las cañas», enumera si material.
«Mi padre me enseñó a trabajar desde el box, a cuidar a los caballos, a contar con un buen vareador, que no le falte nada, que siempre esté bien alimentado, al bueno o al malo hay que cuidarlo por igual. Siempre agradecen», suelta como predica, una lección que es su biblia para triunfar.